Un perro es el dueño de la casa que alquilo en vacaciones.
Tiene ocho mosquitos de mascotas que cuando se baña en el río lo esperan en el muelle.
A las 21:15 viene alguien muy grande y apaga la luna unos instantes.
Al principio causa una gracia tremenda pero, enseguida, preocupación.
Luna – luz – agua.
El perro duerme tranquilo en la escalera.
Acostumbramiento quizás?
El agua mansa se va y no vuelve.
Escuchamos grillos, ranas, patos y arañas.
El pato se oye enojado. Se queja.
Las ranas transmiten novedades.
Bachicha duerme. Camino al costado y el hocico pegado al piso.
Acostumbramiento quizás?
La araña se desentiende de la brasa ardiente
y se columpia en su tela nueva. Se columpia… se columpia…
Las ranas y los patos hacen coro a los grillos.
La velocidad de una nube sorprende al isleño incauto
pero no a su perro que domestica mosquitos.
Intenta entrar en la casa subiendo de a tres escalones.
Sus mosquitos duermen la mona de sol, sangre y humedad.
La luna se enciende, o vuelve, o nunca se apagó y el viento, silencioso, me dice: Estamos en paz.
Adiós mosquitos, que sea hasta mañana.
Ojalá mañana se haga año nuevo, le digo al perro.
Ojalá.
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